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Fronteras y fantasmas de un lejano Oeste

Nico Grijalba de la Calle

Leo en un blog de cine sobre 'Valor de ley' -lo último de los hermanos Coen-: "Realización brillante, pero carente de emociones". Leo los argumentos del bloguero para afirmar con rotundidad esto. Echa de menos más interacción entre los personajes para que, precisamente, esos personajes no se queden en un chiste de saloon y botas altas. La búsqueda del asesino del padre de la protagonista queda atrás, el camino es el proceso, y la huella del western (post)crepuscular se difumina aquí hasta convertirse en el reverso de un género de cartón-piedra. Que el famoso vaquero Rooster, interpretado por Jeff Bridges, acabe en una especie de parque temático para viejas glorias con testosterona es el culmen de una odisea que bien recuerda al mayor éxito-tránsito de Joseph Conrad.

Agotado el género del oeste en las últimas décadas -sólo resucitado como espíritu burlón en híbridos posmodernos al estilo de 'Brokeback Mountain' o en personajes de no-ficción como el sheriff George W. Bush Jr.-, los hermanos Coen proponen el deambular de tres perdedores por paisajes invernales, agotados y vacíos. Aquí los indios ni molestan, la corrupción vela a sus anchas y hasta al famoso vaquero Rooster le vemos dentro de una letrina. Si el propio John Wayne resucitara su imperturbable figura de gran guerrero se descompondría como ceniza en un vendaval. Más si viera el carácter severo de una joven de catorce años capaz de levantar tanta polvareda en una aventura que de épica sólo tiene la meta de sobrevivir. También el orgullo y la honestidad, últimos correajes de una nación que por no tener pasado tuvo que inventarse el valor de la pistola y el plano medio americano.

Si la versión de Hathaway se contempla, impecablemente, desde la melancolía conservadora (¡qué melancolía no lo es!), los hermanos Coen, por mucho que se empeñen en quitarle balas al asunto, plantean la leyenda del oeste desde la estética de la desolación, del cuento agotado que sin embargo se cuenta una y otra vez, cada cierto tiempo, desde una linterna mágica o alrededor del fuego en un rancho de Little Rock. Efecto mágico que se produce con gran intensidad cuando la figura misteriosa de un médico vestido con la piel de un oso se cruza en el camino de nuestros protagonistas. Nadie sabe qué quiere, qué hace, por qué está ahí, deambula, recoge los dientes de los cadáveres, podría ser un sueño de Mattie y Rooster.

Lo verdaderamente mortuorio, la noche que la joven Mattie tiene que pasar en la morgue, en compañía de varios cadáveres, entre ellos el de su padre, es obviado por la cámara. Lo que aquí es una gran elipsis hubiese sido subrayado por otros directores de forma repetitiva. Los preparativos del crepúsculo se suceden a lo largo del filme, depositando las últimas voluntades en un final que sin entender el mensaje que subyace en este nuevo 'Valor de ley' resultará clásico y apolillado para el espectador, pero que para el nuevo espectador -ese que sabe que el cine digital (y bla, bla, bla...) lo cambiará todo-, intuye que detrás de este epitafio se esconde un réquiem al clasicismo, a lo que fue y ya no es, a la representación de lo ya representado. La inocencia se pierde y aquí hasta el humo de las balas de un viejo borracho sirven para hacer un número circense.

 

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