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Hasta luego, Louise

Julio Pérez Manzanares

"Cada día es una nueva ocasión para intentarlo, mañana también, toda una vida de oportunidades encadenadas".

Se nos fué el lunes pasado. Seguramente lo hizo recordando hasta en sus últimos momentos, como siempre había hecho. Y como a todos nos hizo recordar fundiendo su memoria, su biografía y su identidad con la nuestra - aunque quien mejor la supo comprender fue la crítica feminista; las mujeres que saben perfectamente cómo se construyen las memorias y los olvidos.

Se debió marchar recordando, seguro, como todos nosotros podríamos recordar - que es lo mismo que leer- buena parte del mapa del arte del siglo XX - desde la vanguardia con la que se codeó hasta el fin del modernismo- en las arrugas que poblaban su rostro en las últimas instantáneas que han quedado de ella. La muestran con su rostro firme aunque avejentado por 98 años de pródiga aunque silenciosa existencia; su ya escasa melena suelta - que rara y bella imagen de la vejez- y su mano, aquella que durante más de medio siglo había esculpido algunas de las imágenes más hermosas, sombrías y maravillosas - así son los recuerdos- de la escultura contemporánea. Esa mano que atrapa aún entonces su recuerdos- y los nuestros- para darles forma plástica en sus esculturas. No puedo imaginar mejor imagen para lo que ella misma explicaba como el máximo suceso posible: la muestra explícita de la vulnerabilidad.

Porque Louise Bourgeois, nacida en París en 1911, fue una de las primeras artistas en trabajar en territorios como los de la autobiografía, el recuerdo o la identidad (identidad de género, específicamente, aunque ésta siempre va mucho más allá). Temas que hoy en día son lugar común del mundo del arte, pero que pasaron desapercibidos para el modernismo hegemónico hasta aquellos años setenta en los que la artista alcanzó, ya sexagenaria, el reconocimiento oficial - qué tarde empiezan siempre a trabajar los "genios" femeninos en nuestra cultura. Porque los traumas en los que las obras hablaban de devorar al padre, acabar simbólicamente con la madre o adoptar el falo como arma, estaban bien - según el ojo modernista- para las cartas, los diarios íntimos y el territorio privado de la casa - los terrenos a los que "lo femenino" se ha visto tradicionalmente relegado-, pero no para la galería, el museo o la investigación. Ella misma lo reconoció, utilizando como ejemplo su entonces tímido éxito:"Una mujer no tiene lugar como artista hasta que prueba una y otra vez que no será eliminada". Ahora se ha marchado, aunque parezca que ni la muerte sea ya algo definitivo, pero sirva su obra para recordar que, aún hoy, todavía es necesario precisamente eso: recordar.

 

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1 Comentarios


  • Nico Grijalba de la Calle — Dijo el 13/06/2010 8:54pm

    Amén! ( Hace 2 años )

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