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Hasta pronto, Sigfrido

Julio Pérez Manzanares

El pasado día 31 acabábamos el año recibiendo la última y demoledora noticia de un nefasto 2010 para el mundo de la cultura: se había ido Sigfrido Martín Begué (Madrid, 1959). Perdíamos, algunos, un inigualable amigo -porque todos lo son, pero Sigfrido tenía algo realmente incomparable- y hemos perdido todos a un referente indiscutible de la pintura española de las últimas décadas.

Sigfrido fue, como tantos otros de su generación, un pintor de formación arquitectónica, y eso se notaba en su pintura; sólida, geometrizante incluso y, sobre todo, literaria - descaradamente pictórica y descaradamente literaria. Ponerse ante sus obras, como pudimos hacer ya hace diez años en la antológica que le preparó el Conde Duque, era darse de bruces con una pintura que muchos no han dudado de tachar de hermética y que lo que estaba era, siempre, cargada de millones de referencias. Referencias a la propia pintura, al papel del pintor, a la historia de las vanguardias, al cine, al pop y, sobre todo, a sí mismo. Duchampiano donde los haya, amante de Grandville, con algo de patafísico incluso - porque también había ciencia en su pintura-, admirador consciente hasta de los desconocidos hidrópatas del XIX y devoto de la "otra" generación del 27, aprendió de todos ellos que, si algo había importante en esta vida, era el sentido del humor. Por eso toda su obra tiene esa complicación de lectura que añade siempre su mayor exceso: la ironía.

Sigfrido era, sobre todo, un pintor exigente: de calma (aunque no hay palabra que le describa peor que ésta) ante el lienzo y de exceso intelectual. "Para entender del todo mis pinturas, hay que conocerme muy bien a mi", decía siempre. Algo que, aunque muchos se aproximaran, siempre parecía imposible porque Sigfrido tenía esa extraña cualidad de sorprender continuamente: podía uno conocer- y de hecho, siempre tenía algún libro o DVD preparado para que lo hiciéramos- a Robert Houdin, las tiras Disney de Einsenstein, los primeros experimentos 3D, la historia de los ilustres autómatas o los más espectaculares ballets y óperas, los cabarets de principios de siglo o la antología camp del cine español, y aún así siempre sabíamos que algo guardaba para la siguiente ocasión.

Figura inconfundible con algo de Gómez de la Serna y Jaques Tati, ahora que miro sus cuadros y hablo de él con los amigos, me parece que, también con mucho de maestro no ha dejado de darnos, hasta en su despedida, el mensaje que su desbordante vitalidad -y verborrea incontenible- lanzó durante toda su vida: nadie se muere de nada, salvo de vivir. Gracias, Sigfrido.

 

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