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¿Ornamento o delito? Muse en directo

Juan Antonio Ceba

Heavies, roqueros, góticos y demás habitantes de la metrópoli y el campo se congregan en torno al extraño equilibrio estilístico de Muse.

Cuarenta mil personas abarrotaban el Estadio Vicente Calderón ante un enorme escenario con plataformas giratorias, que se elevan, desplazan y rotan sobre un público atónito. Naves espaciales que dan a luz bailarinas aéreas, trajes de LEDs, globos, confeti y humo, insisten en las retinas del espectador en un martilleo que traspasa la delgada línea entre lo espectacular y lo ordinario.

El indudable valor de la música de Muse y sus anteriores directos llenos de frescura e improvisación, viran con toda esta parafernalia a su lado más desgraciado y pirotécnico, trayéndonos a la memoria la muerte por K.O. de genios de la música como David Bowie. Uno entiende el camino que emprendieron los Ramones y los padres de la música independiente a mediados de los ochenta para huir de lo chabacano, después de aquella década tan prolífica en macro-conciertos que parecían confundir lo democrático con lo bueno.

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