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Seven. Los dos lados de la linde de Pál Frenák

Alberto García del Castillo

Los cuerpos repletos de energía estallan o exploran el límite de sus articulaciones; explosiones precedidas de instantes de cuerpos vacíos, acompañadas del elástico rebote sobre titánicos roscos negros inflables que asemejan supervivientes de un naufragio antártico.

Nos encontramos ante Seven, última creación del húngaro Pál Frenák, coreógrafo a caballo entre Budapest y París, justo después de disiparse la bruma blanca que llena la escena en su obertura. En lo que se nos aparece como una llanura siberiana siete bailarines cargan, atado su fado a sus cuerpos; cubiertos de las híper-móviles gabardinas grises de Gergo Szabó, que colaboran -permiten- los frecuentes estrépitos de los bailarines que ilustran al expatriado, que hablan de "la ruptura del individuo con su propia cultura y la integración en una sociedad extranjera" como un continuo flujo entre identidad personal y nacional.

Sobre la frontera, un pié aquí y otro allí, Frenák parece superar el abismo y, al otro lado de la muralla, los movimientos se coordinan cuando Szabó se encarga de teñir, casi en exceso, un vestuario que ahora recuerda una tarde de invierno. Si a un lado de la linde vimos la Antártida, a este patinamos bajo el árbol del Rockefeller Center.

 

 

 

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