En tiempos de deconstrucción -¡oh, perdón!- vamos a hablar un poco de armonías perfectas. Del danzar de los planetas, de la "música de las esferas celestes", que así llamaba Pitágoras al movimiento armónico en el que nos vemos subidos. Sí, demasié pal body, aunque el body en cuestión lo haya cincelado, hasta el paroxismo helénico, un tal Fidias. Pero la cosa va de armonía, de perfección, de la cuadratura del círculo, y de encajar las notas sobre una partitura, lo mismo que una columna dórica recoge el peso del armazón. Así que La Casa Encendida celebró estos días un ciclo de conferencias y conciertos, por cuarto año consecutivo, llamado ‘Música de la arquitectura'; un encuentro cross-modal de dos disciplinas artísticas (música y arquitectura) que se dan la mano desde que Apolo resopló su flequillo. A través del trabajo de los compositores Varèse, Xenakis y Dusapin uno descubre que la música también se construye desde un orden mágico y técnico, que el silencio se refleja en aquel hueco, que la corchea tiene pinta de arbotante chiflado.
De los tres compositores el único que sigue vivo es Pascal Dusapin: un francés de 55 años, alto y con melena Richelieu. Para muchos el compositor vivo más importante de la música contemporánea, el creador de óperas, cuartetos y piezas de cámara... Música encriptada para el gran público, el mismo que ha relegado a los grandes compositores de hoy a la búsqueda de la banda sonora cinematográfica más plañidera. La vanguardia de la música -término que Dusapin desdeña por bélico y antiguo- necesita de espacios donde eclosionar, de arquitecturas nuevas para tensiones sonoras de hoy.
Los instrumentos de Dusapin son, al final, disolutos como un alma herida. Como palabras con sus silencios internos, una anacrusa que coge carrerilla para quedarse al borde del huracán. La variación, siempre la variación: hasta Pitágoras llegó al pasmo (que no a Patmos) con la caída libre de una hoja.