'El cordero carnívoro' de Agustín Gómez-Arcos.
Publicaban hace poco en algún suplemento cultural - casi seguro en el de El País - una reseña de uno de los escritores españoles más interesantes del pasado siglo: Agustín Gómez-Arcos. Seguramente, la aparición de esta reseña tendría bastante que ver con la recuperación, necesaria y muy de elogiar, que la editorial Cabaret Voltaire - garantía de calidad- lleva haciendo desde hace un par de años de la obra del autor, con las traducciones (pues en el exilio acabó por convertirse en un escritor francés) de sus novelas ‘El niño pan', ‘El cordero carnívoro', ‘Ana No' y ‘La Enmilgada', fieles retratos de esa España gris, oscura y provinciana de una postguerra que la (des)memoria colectiva quiere olvidar.
‘El cordero carnívoro' es, en este sentido, paradigmática. Y no sólo de este reflejo social de la España poblachona que aún pulula como fantasma más allá de las metrópolis patrias, sino de la obra misma del autor, valiosísima tanto en su prosa como en su contenido. "El cordero", cuenta una historia, de tintes vagamente autobiográficos y desde luego deudores en la ficción de los dramas lorquianos, de una familia almeriense de esas que hoy en día denominarían los servicios sociales como "algo desestructurada" y en cuyo seno nace, desde las primeras páginas, una historia de amor tan bella como diferente: la de los dos hermanos protagonistas. Ya lo sé, muchos pensarán que la historia incestuosa - verán como al leerla olvidan esta palabra- parece el fruto de alguna fantasía erótico-católica, pero no se engañen, no hallarán ni un ápice de morbo en esa bellísima relación que ni los protagonistas esconden a su entorno, ni mucho menos al lector desde sus primeras páginas.
Trabada de manera magistral, conduce al lector por los paisajes - tanto geográficos como emocionales- que recorren los protagonistas de esta historia; paisajes de enclaustramiento a lo ‘Bernarda Alba', y, desde luego, de esperanzador futuro que el tiempo acabaría - a veces así lo parece- por confirmar: cuando lean el episodio de la comunión del hermano menor, y el último capítulo, comprenderán que Gómez-Arcos se adelantó en cuarenta años a su tiempo. Créanme, es para no perdérsela.